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El síntoma en la clínica psicoanalítica
por Marcelo Augusto Pérez



¿Qué clínica?

El concepto vulgar de Síntoma parece remitir históricamente a la idea de una Patología y de un Saber. No podemos obviar el hecho de que la nosografía clínica se funda y avanza a través de la mirada de un Cuerpo-de-Signos. Aquí se presenta, para el psicoanálisis, la primera antinomia; situación que podríamos definir, con Lacan, de “falla-epistemosomática,” falla que soporta la dimensión de un cuerpo concebido en dos diferentes modalidades: la biológica (un cuerpo de órganos); y la erógena (un cuerpo de goce). Hablar de patología es casi un abuso de término: en todo caso para el psicoanálisis la patología es parte “de la vida cotidiana” ; hablar de saber requiere un rodeo teórico posterior: la concepción psicoanalítica del saber se aparta del discurso médico en dónde éste toma otro marco. En medicina hay un saber que se instala del lado del médico: saber como consecuencia de un conocimiento teórico/práctico que podríamos definir como "la ciencia". Saber que queda inmediatamente clasificado en el marco de los manuales como el CIE-10 o DSM-IV. Clasificando la enfermedad se olvida pronto al enfermo: caminando por los pasillos de los hospitales uno percibe rápidamente que cuánto más puede el médico encasillar el cuadro-de-signos y rotular el padecimiento, mejor se sabe y más cerca se está de hacer ciencia; parecería impensable –aunque, por suerte, los hay- que a un médico le interesase si el primer ataque cardíaco el paciente lo sufrió cuando falleció su hermano (o su gatito) o si cada brote asmático le llega en el momento justo de enfrentar a su jefe.
Es claro que esto ocurre porque estamos hablando de dos epistemes diferenciales; pero muchas veces la generalización (incluso imprescindible en determinados contextos como el gubernamental-salubricista) puede afectar la particularización del caso. Pero esto no sólo ocurre en la geografía médica: más de un psicólogo queda paralizado cuando no puede recurrir a los psicodiagnósticos de proyección o cuando, recurriendo a ellos, advierten signos que no encuadran en los parámetros “esperables” al standard estadístico. Psicólogos que si no tienen a mano un Bender, un Wartegg o un TAT, sienten que lo han perdido todo. Y, también en este caso, estamos en presencia de una materia que trabaja con un concepto muy diferente y a la que, incluso, sería imprudente no pedirle que lo haga: es su savoir-fair.
Los Síntomas en medicina son un conjunto de Signos que se agrupan en un Cuadro Nosográfico y que permiten inferir la hipótesis de una Patología; la que, a su vez, permitirá administrar la propedéutica adecuada, farmacoterapia de por medio. El médico "resuelve" la sintomatología a través de inferencias fisio-patológicas y anatómicas que guarda como un valioso tesoro de saber. Este saber es un saber específico y excluyente. Específico porque, haciendo un reduccionismo inmediato, presupone que todos los sujetos son iguales ante los mismos signos; que la etiología no depende de la historia del paciente sino de la disfuncionalidad orgánica independiente de cualquier subjetividad; o –como opción fronteriza- de ciertos virus o bacterias (tan viejas como la existencia de la vida misma). Excluyente porque no interesa "todo" lo que el paciente pueda llegar a decir; sino lo que el cuadro sintomático pueda llegar a proyectar a partir de ese saber a priori. El saber, entonces, está aquí del lado del médico. Esto, llevado al mundo-psi al que nos referíamos tiene también la misma axiomática: el saber lo ha dejado el paciente en el papel que ha dibujado o completado, pantalla que hay que semblantear con las tablitas psicométricas evaluativas que, en otro tiempo y lugar, un Otro social ha normativizado para dar el criterio de “normalidad”. El paciente se va y el psicólogo queda con el material para evaluarlo en base al saber pre-definido: esto se llama, justamente, hacer ciencia. Sabemos que ninguna administración de batería de pruebas curan absolutamente nada; y si bien es verdad que también entran en el concepto de lo que es dicha disciplina; en muchos casos es fácil intuir que sólo le sirven al profesional para amortiguar su angustia y saber frente a qué “caso” se encuentra; y que hay más profesionales interesados en el “rótulo” del caso que en el sujeto sufriente. Esta ciencia psicológica no puede negar un discurso que pretende ser tan científico como el biológico o el matemático; pensamiento en el que cae frecuentemente la Medicina toda al pensar que cuanto más se parecen las experiencias humanas a las biológicas más acreditan su valor científico; sin la posibilidad de reconocer que la obturación de una falta y la búsqueda del ideal absoluto de curación no es más que la negación permanente de la mortalidad humana. Esto, válido es repetirlo para que no se suponga cierta necedad miope, no es un error de apreciación o de doxa: es meramente trabajar con epistemes distintas. De hecho, si yo recurro a un médico es porque espero y demando esa “autenticidad científica”, el diagnóstico anexo, y –no en última instancia- la farmacoterapia necesaria para apaciguar mi síntoma que, para el caso, no lo asocio con la muerte de ningún gatito.
En Psicoanálisis, el saber es un espacio de subjetividad único que está del lado del pa(de)ciente. Nos importa todo aquello que para el médico no sólo es nimio sino que constituye incluso un obstáculo porque no lo ayuda en la definición de la enfermedad y porque, de hecho, hace “ruido” en lo que va de suyo en su materia. Como expresa G.Canguilhem, “el médico no está lejos de pensar que su creencia es una lengua bien constituida, mientras que el paciente se expresa en una jerga.” Al analista no le parece que la jerga del paciente deba ser eliminada: justamente estamos interesados en esa farfulla, en el dialecto cotidiano; en lo que Lacan ha bautizado como “la plática de la tontería” En un párrafo muy descriptivo Roberto Harari lo resume: “en psicoanálisis, tal como nos lo enseña la experiencia de la cura, no se trata del discurso, ni del habla, ni de la palabra, ni de la lengua, ni del lenguaje en tanto estructurado, ni del objetivo de relatar, ni de informar, ni del participar, ni del de actualizar, ni del de proseguir, ni –menos aún- del de descargar. ¿De qué se trata, entonces? De ponderar en toda su magnitud cómo lo que sucede de relevante en el hablaje del analizante involucra sus palabras fractalizadas, esto es, quebradas y entrecortadas, sus interferencias, sus vacilaciones, sus equivocaciones –que no son errores-, sus dudas, sus confusiones, sus detenciones a mitad de camino, sus tartajeos, sus tartamudeos, su trastrabarse, sus farfulleos, sus tropiezos, sus torpezas, sus murmullos, sus musitaciones, sus atoramientos, sus gritos, sus suspiros, sus contradicciones flagrantes mas inapercibidas, sus inconsistencias entre distintos dichos o entre dichos y actos, la cadencia musicalizada de tales dichos, el contrapunto llevado a cabo de esa forma, las musiquillas tarareadas de manera queda en el momento del saludo inicial, la modulación de sus quejas, el timbre de sus enunciados, sus olvidos, sus recuerdos en apariencia inmotivados y nimios mas viscosa y desconcertantemente recurrentes, sus creencias erigidas como verdades colectiva e incuestionables, en fin, lo “burdo” de lo que está a punto de enunciar.” He aquí exactamente lo que nos importa: todo ese chamuyo es lo que para nosotros tiene sentido; y es de ese “burdo” de lo que el síntoma se ha nutrido y sigue nutriéndose para abastecer su gordura de goce. (Volveremos rápidamente a este punto.)
El síntoma, entonces, para un analista, no está en los manuales de ningún tipo: el saber-del-síntoma lo trae el sujeto; y lo trae para que se lo escuche. Este es el método Freudiano: “escuche, tengo algo que decirle”- le habría dicho su paciente; y lejos de la época de Ana O. hoy sabemos que el dejar hablar y saber escuchar esa jerga es la herramienta indispensable con que cuenta un analista. El síntoma analítico es, pues, un síntoma HABLADO. Hablado por quien nos consulta. Hablado y escrito: escrito en ese cuerpo que sufre. Pathos quiere decir “sufrimiento” pero también “pasión”.
A diferencia del concepto clásico (que nos llega de Pinel) no creemos que la pasión sea un desarreglo sino que forma parte intrínseca y estructurante del sujeto: recortado por esa pasión (del significante) que el Otro le ha impreso como sello de origen. Por lo tanto, y valga la redundancia, la dicotomía con el síntoma médico es fácil de ver: éste existe independientemente; ya está en los Manuales (las farmacias están repletas de objetos que taponan síntomas existentes por doquier); pero esto no es un síntoma analítico, aquel que sólo toma corporalidad (y valga el sustantivo en el doble sentido semántico) con la PRESENCIA del Analista; esto es: en Transferencia; porque sólo bajo ESCUCHA es posible el recorrido significante a través del trazo del sujeto.

¿Qué síntoma?

Ahora bien: ¿de qué Síntoma hablamos en psicoanálisis? La construcción del Síntoma Analítico viene dada por la construcción misma de la Puesta en Acto de lo Inconsciente: el psicoanálisis, lejos de buscar rápidamente la curación (y el bien) del sujeto –furor curandis- crea –repito: crea- una neoformación: un nuevo síntoma que forma parte del constructo entre analista y anali(siendo). Desde Freud hasta nuevo aviso, las Neurosis son De Transferencia. Y así como el analista forma parte de lo inconsciente (ergo: quien no se analiza no tiene inconsciente) el síntoma también se constituye en el ensamblaje entre el diván y el sillón del analista.
Resulta entonces que el Síntoma (la queja de lo que no-marcha) es el modo que pre-anuncia la Entrada en Análisis (por ello es que el paciente golpea a nuestra puerta); pero lleva también implícito la categoría de Estructural. Como dice Lacan: en ningún otro lugar que en la Psicosis, “...el síntoma, si se sabe leerlo, está más claramente articulado en la estructura misma." (Aquí también puede resultar claro porqué hablar de Patología en el sujeto es ya un abuso de términos).
Para entender la cápsula en la cual está envuelto el síntoma, tenemos que pensar en las fantasías (fantasmas) que son sus proto-precursores. En 1909, Freud ya entiende al ataque histérico como un “sustituto de una satisfacción autoerótica antaño ejercida y desde entonces resignada.” Un año antes nos dirá que “el síntoma histérico es el símbolo mnémico de ciertas impresiones y vivencias (traumáticas) eficaces.” Es decir que será el síntoma lo que permitirá dar al trauma el carácter de tal. También en el apéndice, parte II, del Proyecto; conceptuará al síntoma como formación simbólica que incluye al recuerdo traumático como “efecto retardado” (nachträglich) y que tipifica la represión histérica.
Ahora bien, la frase-fuerte-freudiana, en este punto, creo que la encontramos en 1908 cuando nos dice: “el síntoma histérico ES la realización de una fantasía inconsciente al servicio del cumplimiento de deseo.” Aquí la importancia clínica: interrogando al síntoma encontramos al fantasma asociado. (Esto no implica, claro, que el analizante verbalice primero el fantasma y después entremos al síntoma; ya que, de hecho, la lógica síntoma-fantasma es biunívoca y, clínicamente, es así como sucede; ya que al desplegar el fantasma el sujeto puede comenzar a poner en acto su neurosis transferencial y su neo-formación sintomática.)
Como vemos, síntoma y fantasma se unen con el lazo de lo (real) sexual; y no podría haber sido distinto: ese real, del que el sujeto nada quiere saber, es justamente lo que lo divide: allí encontramos lo que Oscar Massotta definiría como el juglar que siempre canta la misma canción (sexualidad y muerte): lo inconsciente. En el mismo texto freudiano al que hacíamos referencia; encontramos que “...(el fantasma) es idéntico a la fantasía que sirvió (al sujeto) para su satisfacción sexual durante un periodo de masturbación.”
¿Cómo ligar pues, el fantasma al síntoma? Veamos: en un primer estadio podemos anunciar la existencia de Otro (el seductor, el de la teoría traumática) que posibilita –con su verbo- el recorte pulsional en el sujeto: recordemos, con Lacan en el seminario XX; que “las pulsiones son el eco de que en el cuerpo hay un decir”. Hasta este estadio la satisfacción se enmarca en la fricción del órgano sin contenido de representación: he aquí el onanismo. Luego la satisfacción se “engarza” a la fantasía: Verlötung es el término que utilizará Freud en 1908 para hablar de soldadura. Esta fusión ya tiene un contenido de representación: he aquí la masturbación. Como sabemos, luego se suelta este engarce: se renuncia a la acción y se conserva el fantasma. Finalmente el fantasma se reprime: he aquí el contenido latente del síntoma. Palabras poéticas nos llegan desde Lacan para explicarlo: “El síntoma representa el retorno de la verdad en la falla de un saber.”
El síntoma es, entonces, el retorno –vía inconsciente- de la represión. O, para decirlo todo, es la represión misma. (El psicótico –que reprime in altero- no tiene síntoma; su delirio es plena certeza: cree en él y nunca nos visitaría porque eso le moleste; eso sí, probablemente moleste a otros y eso hará que lo traigan.) Así como la represión ES el retorno-de-lo-reprimido; el síntoma es su metáfora. He aquí, otra vez, como aparece la necesidad de hablar del síntoma como una estructura de lenguaje. Su desciframiento es en transferencia; su materia prima es la palabra. Pero esa palabra que al sujeto sorprende, que lo descentra, lo mueve de su eje; esa palabra-plena que hace que el único y verdadero acto logrado sea (el) fallido. He aquí también lo inconsciente: eso que “...falta a la disposición del sujeto para restablecer la continuidad de su discurso consciente.” Cuando el sujeto, en análisis, dijo “Juan” y se corrige porque quería decir “Pedro”; está haciendo uso de sus defensas yoicas; es con su yo que se defiende: “yo no lo dije”, “yo quería decir Pedro” y –a la vez- está nombrando lo que no sabe: eso también es lo inconsciente: un saber-no-sabido; un saber ignorado que excede al sujeto en su decir y lo con(voca) a hablar de lo que no quería (¿de lo que no deseaba?): “Pues bien, hablemos de Juan.” Por eso el psicoanálisis subvierte al sujeto cartesiano de la certeza; y escribe su nuevo cogito: “soy donde no me pienso”. Por eso Lacan dirá que “...la palabra puede expresar al ser del sujeto pero, hasta cierto punto, nunca lo logra.” Y bien, entonces, síntoma y palabra dan el sentido del que veníamos dialectizando. Ese sentido es sexual, es traumático; tiene al falo como operador central y al verbo como lo que pulsa desde el Otro. De aquí que también Lacan conceptualizará al síntoma como la inmixión de lo simbólico (el significante) en lo real. Real que se localiza (¿y dónde sino?) en lo imaginario construido; esto es: el cuerpo. El cuerpo, territorio de goce y de significación. Único lugar posible donde un sujeto se-habita y encuentra su dolor. Y esto para quienes todavía siguen pensando en el cartesianismo psique/soma; o sea: “Es sorprendente que el psicoanálisis no haya brindado aquí el más mínimo estímulo a la psicología. Freud hizo todo lo posible para ello, pero, obviamente, los psicólogos son sordos. Esa cosa que sólo existe en el vocabulario de los psicólogos –una psique adherida como tal a un cuerpo. ¿Por qué diablos, cabe decirlo, por qué diablos el hombre sería doble? (...) ¿Por qué diablos no limpiar de nuestra mente toda esa psicología defectuosa y no intentar deletrear lo tocante a la Bedeutung del falo?” Este real, como sabemos, es también un imposible; es aceptar (como lo expresó Freud hace más de cien años) que la “desdicha cotidiana” es constitucional para el ser-que-habla; que también el sujeto está “sintomatizado” por el Malestar que su Cultura (le) produce y que si “Eso goza, entonces yo debo responder como sujeto deseante”. Estos movimientos con relación al goce (al sufrimiento, a lo que pulsa, a lo habrá que descrifrar; en fin, a lo que Gardel & Le Pera pronunciaron: “la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser”) constituyen la dinámica en dónde cada singularidad posicionará su Falta-en-Ser, su vacío; su disyunción entre amor y deseo o su recorrido entre deseo y goce. También Lacan lo dirá en respuesta a una pregunta de su audiencia: “Freud ha podido enunciar que hay Urverdrängung, una represión que jamás es anulada. Es de la naturaleza misma de lo simbólico comportar ese agujero.”
Entonces; ¿qué? Es importante entender que, a diferencia del síntoma médico, la concepción psicoanalítica del síntoma tiene que ver con una “formación de compromiso” (formación sustitutiva o reactiva –como en la neurosis obsesiva-) y que –como dijimos- forma parte de la estructura subjetiva. Es en este sentido que, desde el punto de vista topológico, el síntoma es indisoluble al nudo borromeo de los tres registros propuesto por Lacan. Esta indisolubilidad, al mejor estilo-prótesis, anuda los tres redondeles y nos lleva a pensar un nuevo modelo clínico donde el sujeto pueda acceder al savoir-faire de su estructura. (Podríamos recordar que la etimología del término remite a lo que cae en simultáneo o lo que coincide; ergo, el síntoma anudado no cae para que algo se modifique.) Si sabemos, con Lacan, que “no hay relación más que ahí donde hay síntoma” ; y si pensamos que la relación sexual no existe; entonces parecería prudente darle al síntoma el estatuto lógico –y ético- que le corresponde: si el sujeto tanto se aferra a él es porque, además de la porción de goce que conlleva la adherencia, le permite –en tanto sujeto por su relación al corte- ex - sistir en la singularidad de su Ser. (El sujeto es el corte mismo.) Por eso en su último modelo de síntoma, Lacan utilizará la conocida fórmula de unión entre el symptome, el saint homme y Santo Tomás: el sinthome. El engarce, como todo lo que viene de su obra; no es azaroso; así como el hecho que haya elegido a James Joyce y su Ulises para mostrarnos cómo un síntoma puede funcionar como Nombre del Padre: he aquí el cuarto nudo de su lógica. He aquí la solución para aceptar la “desdicha cotidiana”: el nudo que se ata (vía significación fálica, en caso del síntoma neurótico o en la metáfora delirante, para la psicosis) al Complejo nuclear del sujeto. Cito: “El complejo de Edipo es como tal un síntoma. Es en tanto que el Nombre del Padre es también el Padre del nombre que todo se sostiene, lo que no vuelve menos necesario el síntoma.” Esto es lo que lleva a darle un estatuto ético a lo inconsciente; al síntoma y, por ende, a la clínica psicoanalítica. La inscripción Freudiana pronunciada en la Conferencia 31 (Wo es war, soll Ich werden) podemos leerla, junto a Slavoj Zizek, como: “tu, el sujeto, te has de identificar con el lugar en el que tu síntoma ya estaba (...) has de reconocer el elemento que da congruencia a tu ser.”

 

TEXTO PUBLICADO EN: Actualidad Psicológica nro.331; Junio 2005.-

Bibliografía

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