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Roma
por Marcelo Augusto Pérez

 

Adolfo Aristarain; Argentina-España, 2004

Roma, Joaquín, Manuel y tío Áteo Bruno Argentino: con estos cuatro nombres ya está armado el mito. Un hijo que no puede abandonar el lugar de falo, lugar de sostén de una madre y de un mandato paterno: " serás bohemio, serás peregrino..."  Acertadamente el director ha querido que el título de su obra sea puro significante del mito edípico. El espectador atento sabrá que la inversión del nombre es necesaria: a-m-o-r que sostiene, sin más, toda una vida dedicada a suplir la hiancia de esa madre; pero también significante de la renuncia que una mujer, toda-madre, debe a la plenitud de su ser-deseante: sólo un signo nos llega en una escena de su vacilación; pero inmediatamente las lágrimas ante sus hijos demuestran esa renuncia. Amor: amor de madre, amor de hijo, amor de un tío (el avuncular que propicia cierta metáfora de la ausencia paterna); parafraseando a Girondo, "amor, amor y nada más que amor"... Pero un amor que se topa con el narcisismo de ser " ante todo, yo ". Su reverso; coherencia del guión que marca su título, es el dolor de una mujer que se despoja toda: su potencial pareja, su casa, su piano y luego su corazón.

Las actuaciones se presentan medidas, a nivel de un concierto y de una época muy bien recreada. Destaquemos, sería una gravedad no hacerlo, la presencia de Susú Pecoraro (que sólo peca -pero quizás no sea su culpa- de aparecer cada vez más juvenil con la cronología del film), de José Sacristán y de Juan Diego Botto (Sendero de Sangre -2002- y Martin (Hache) -1997- ) en un papel de ciertas dificultades -como por ejemplo en la escena del teléfono cuando le informan la muerte de su madre; o cuando -en el rol de Manuel- reprime toda la furia para enfrentar la soberbia y el mal humor de su alma-gemela Joaquín-; ambas escenas en dónde puede apreciarse el futuro de un buen actor. El guión se perfila, desde el comienzo, anunciando ya el elemento que -desde lo inconsciente- funda una demanda de análisis: la repetición. El niño-adolescente repetirá, Tyché mediante, la historia que le está siendo contada al adulto-adolescente. Dos seres que, en definitiva, adolecen de la nostalgia fálica y de la impotencia de enfrentar una mundo que haga del Nombre-del-Padre un Padre-con-Nombre. Todo lo que se juega en ambos es, como en Hamlet, ser o no ser el falo de mamá. Atravesar ese fantasma hubiese implicado un riesgo: renunciar al amor de su madre y al mandato del padre.

Se dice que Aristarain conformó con este material su propia biografía. Nos resulta penoso, sin embargo, pensar su vida, desde la frustración y el puro dolor; sin embargo no hay razón por la cuál él no lo hubiese sentido así. Todas sus obras hablan de cierta tristeza existencial y nos cuentan sus obsesiones: la causación del deseo en el Ser-Parlante , los mandatos, el encuentro con un lugar-en-el-mundo , las ideas religiosas y políticas; y el núcleo afectivo básico: la angustia de haber sido y el dolor de ya no ser... Sin embargo, lo sabemos como agradecidos espectadores, el director hizo don de su obra, deshecho , y así pudimos palpar La Parte del León (1978), Tiempo de Revancha (1981), Martín (Hache) (1997) o Lugares Comunes (2002), entre otras afortunadas donaciones. Cuando Manuel o Joaquín -da lo mismo- pudo ofrecer su material (aún con cierta picardía mezclado entre las traducciones que da al Editor) comenzó lo que aún hoy no se entiende en determinados oficios: la diferencia entre un diploma y un saber-hacer; la diferencia entre cursar la carrera de Letras, como su amor-imposible lo hacía, y la de ser Escritor. En esa pura diferencia está, justamente, la ética de un oficio, ya que ningún título de papel nos puede autorizar: porque lo que verdaderamente da lugar al deseo del sujeto es la falta que lo encausa más allá de todo Amo.