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Rita; detrás de la selva...
por Marcelo Augusto Pérez


Musical Argentino; Buenos Aires; 2005

El musical argentino “Rita, la salvaje” nos pone frente a las narices algunas cuestiones socio-políticas e incluso epistémicas sobre el marco conceptual psiquiátrico y sobre la estructura misma del sujeto.

Quizás, en este caso, el personaje de Rita sea una excelente y oportuna excusa para rodear el tema; puesto que lo primero que a uno le queda de remanente, de melancólico resto, cuando cae el telón, es el aparato metadiscursivo que el texto ha querido revelar. Y no puede ser casual que la primera escena del Primer Acto pueda producir un eco tan angustiante como melancólico al igual que la penúltima escena del Segundo Acto: dos momentos que enmarcan la tristeza humana y mundana que esta obra viene a recordar.

¿Qué texto es el que este musical impone leer? No ciertamente el del mero maquillaje de una vedette de los años 60 que con su glamour puede llegar a confundirnos; sino el del recorrido semántico de ciertas bisagras humanas que apagan, justamente, esas luces enceguecedoras y dan la verdadera significación del texto: la pobreza como marca y hasta trampolín para alcanzar los Ideales; la perversidad de un padrastro que no da lugar para que pueda instalarse vínculo-afectivo alguno; la competitividad social (y su consecuente peldaño) munida de política, premios y castigos; los anhelos interactuando recíprocamente con las frustraciones y privaciones; en fin, parafraseando a Borges, nuestras piadosas imposibilidades humanas.

Pero quizás lo más interesante desde el punto de vista sociopsicológico sea uno de los mensajes-eje con el cual la obra se nutre en toda su dialéctica. Mensaje que puede inscribirse con varias preguntas: ¿por qué se encierran a los que sufren? ¿Por qué un paciente psicótico debe ser tratado de modo diferente a un diabético o a un hipertenso? ¿Cómo se desprende un diagnóstico de estructura? ¿Por qué aún la locura sigue siendo sinónimo de deterioro social y el psicótico puede llegar a quedar estratificado, rotulado, y socialmente impedido de un vínculo tan arcaico como el familiar o tan primario como el que hace al trabajo o a su participación en un espacio común a todos sus miembros?

No pretendo en pocas líneas cuestionar un conflicto tan viejo y tan entroncado en la Cultura toda –tanto que parecería un dato Natural- (incluso tan bien estudiado; siendo M.Focault quien ha sintetizado el discurso de este aparato ideológico, y que se expande directamente a las minorías sociales); sino destacar rápidamente que “ Rita, la salvaje ” no es una obra escrita para quienes pretendan ver una comedia light , sino para quienes tengan ganas de salir pensando las respuestas que hacen a estas preguntas que como seres políticos nos conciernen; enlazados a un escenario social que se traslada ipso facto a la matriz nuclear del sujeto: la familia; lugar donde puede darse la posibilidad de tener entre nosotros a un pa(de)ciente o ser nosotros mismos el actor pivote de una problemática que anexa ciertas consecuencias sociales y jurídicas.

Podríamos pensar que locura, como lo quiere Hegel y después Lacan, no es psicosis: de loco todos tenemos un poco; la locura –lejos de ser un “ insulto a la libertad ” como proclamó alguien alguna vez- está en la “naturaleza” misma de todo hombre; sin embargo no es psicótico quien quiere.

No se demuestra, en el recorte del personaje de Rita , si realmente estamos en un cuadro psicótico; al menos no es suficiente para pensarlo desde el psicoanálisis: hay ciertas alucinaciones auditivas (comunes en cualquiera de las tres estructuras existenciales) y hay una internación psiquiátrica. Tenemos otro dato: hubo un “colapso” en Rawson que ha demandado esa internación. Esto, para el psicoanálisis, no quiere decir más que eso.

Sin embargo, una mirada perspicaz podría estar diciendo que sí hubo Locura. La misma locura que una actriz –pongamos por caso una Eva Duarte- puede reflejar cuando pretende gobernar un país dominado por imágenes y prototipos masculinos; la misma locura que un sujeto puede proyectarnos cuando lo observamos necesitar lavarse treinta veces las manos en una hora o poner cinco despertadores para que le anuncien la nueva jornada; la misma locura de un grupo de mujeres que pueden llegar a suicidarse colectivamente si no alcanzan la mano de su cantante favorito; la misma locura de un grupo de fanáticos varones que pueden arrojar vidrios, balas y orina a un campo de juego sólo porque su equipo no rinde lo esperado o un juez de línea ha errado la sanción. Locuras, sí. Pero el psicoanálisis no diagnostica una estructura a partir de conductas sino del discurso. Y necesita escuchar cómo ha sido inscripta la Metáfora Paterna en ese mismo aparato discursivo.

Esas conductas son las que –muchas veces- pueden confundir una locura de un cuadro de psicosis; conductas que enumera un manual psicodiagnóstico (como el DSM-IV) para rotular un cuadro nosográfico cualquiera y que, linealmente transportado a la vida cotidiana –y haciendo un reduccionismo ciego-, son las mismas cuestiones que hace que se

considere a un alcohólico, a un drogadependiente y hasta a un fetichista de zapatos-rojos como un “enfermo” bien definido: imagen extrapolada con la que, en nombre de la ciencia, el hombre construye su defensa contra ese Real que lo Sexual nombra. Pero sabemos, como dice una de las canciones del musical, que “…esta raza esta maldita, somos sólo figuritas” ; y que detrás de esas imágenes que nos empecinamos en forjar, está el verdadero objeto causa de nuestro deseo o, como lo dice el personaje, “ ese amor que perdí antes de tener ”: magistral definición del Objeto “a” (único invento de Lacan, según sus palabras) que la pulsión rodea y nunca encuentra porque ha sido estructuralmente perdido: porque es la falta misma. Sus substitutos, sus pantallas; son ese engaño con el que creemos encontrar cierto consuelo.

Este musical nos muestra cómo las palabras esconden grandes anhelos; como no es lo mismo llamarse “una descamizada” o ser nombrada como “una puta” por un Otro social configurante a partir de su propio fantasma; que rechazar perlas pero no ramitos de flores (y todo en el contexto de un gobierno militar) puede estar hablándonos de un sujeto sosteniendo sus Ideales (con su consecuente patrimonio super-yoico en juego) hasta que la sala de lobotomía o de electroshock anuncia su llamado a una realidad a la cual él mismo no puede responder sino con pasividad y resignación y palabras balbuceadas… Todo un marco para bajar-los-brazos ante el apronte farmacológico que se le ha suministrado para callar su deseo; porque aquí también “…nunca decide quien quiere, sólo decide quien puede y el que puede es el patrón.”

No intento simplificar la temática, insisto. Algunos analistas no somos miopes y reconocemos que la medicación es necesaria para el caso-por-caso , con dosis ajustadas y con el lógico seguimiento médico. Pero no deberíamos paralizarnos ante la angustia de una verdadera víctima que reclama su-lugar-en-el-mundo - o dejarnos taponar los oídos por el ruido ensordecedor de las demandas institucionales y los aparatos de poder. Muchas veces el diagnóstico (de manual, al mejor estilo causa-efecto ) excluye el caso-por-caso y deja que una mecánica forma evaluativa nos engañe fácilmente: los golpes de la vida pueden ser un factor harto indispensable para que, incluso, alguien encuentre consuelo en un hospicio; no porque esté psicótica sino porque puede ser el mejor de los peores lugares de esta geografía o porque al menos recibirá un vaso de agua y un plato de alimento.

Ese plato de alimento, muchas veces, es el único compañero de un internado psiquiátrico. Es este vacío que la penúltima escena de la obra intenta subrayar haciendo puente con el epílogo que metaforiza el sueño de la Juana (González) que desea seguir siendo Rita, la salvaje . Sueño de encuentros, de canciones, de glamour, sueño de “Evita, Rosario-Central y el postre vigilante”; sueño de lazo-social con el cual el sujeto intenta dar el salto desde su pobreza material a su riqueza espiritual: “No me importa pelear ni las cosas que pierda, sólo quiero zafar de mi vida de mierda.”

Sueño en dónde Rita observará como una nueva vedette –que pretende imitarla- ocupará el lugar que ella ha dejado vacante (escena donde las dos mujeres se enfrentan contra su propio espejo); observación que su rostro proyectará no sin cierto dolor, sin cierta extrañeza, diríamos sin cierta ominosidad y sin un dejo de agresividad consecuente que nos recuerda la “in-vidia” de la que hablaba San Agustín y que nos remite a la tesis lacaniana sobre la paranoia de autopunición: matando al otro, mato una parte de mi mal: el homicidio como suicidio proyectado.

Escena final que demuestra que el Principio de Placer Freudiano está vigente en el aparato pulsional del ser-de-deseo ; que toda “elección” de estructura es un modo de defensa contra los avatares pulsionales; que no hay Sujeto sin Angustia ni Cultura sin Malestar; que ubica al personaje nuevamente en el plano de sus Ideales. En definitiva; última escena que nuestra protagonista tiene el derecho de regalarse, quizás utilizando uno de los únicos privilegios que le queda. Escena, pues, no ciertamente para los otros, sino para su propia realidad psíquica: subjetividad fantasmagórica con la cual Rita, todavía, puede seguir soñando.

 

Marcelo Augusto Pérez