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Un loco amor
por Marcelo Augusto Pérez

 

UN LOCO AMOR; Sergio Castellito; Italia-España-Reino Unido, 2004

 

“El amor siempre está; aún antes de conocerlo” – La frase la verbaliza el protagonista –y director y guionista- de esta obra poética que, desde el comienzo hasta el final, resulta ser una desesperada historia de amor. Timoteo es cirujano; está en quirófano con un caso cuando una noticia lo despabila de su rutina y lo lleva a configurarse en una serie de flashback en su historia que tejerán las dos horas pasionales de esta experiencia fílmica.

Los colores, la música y algunas tomas muy bien logradas no parecen tratarse de un obra hecha por un novato en la materia; sin embargo esta es sólo la segunda labor de Castellito como director y, según lo visto, con grandes promesas. Las actuaciones resultan muy creíbles pero se destacan en primer plano las composiciones de Penelope Cruz ( quien ha decidido aprender italiano para no ser doblada ) y Sergio Castellito, que sigue demostrando que es un excelente actor con formación teatral.

Incoherente resulta el título que se le impuso en Buenos Aires: ¿qué tiene de loco un amor tan recíproco, tan fuerte? En todo caso, ¿no será loco tanta cordura y tanto control y dominio sobre un status-quo ya constituido? Pero peor aún es la poesía que el título sobre-impuesto por la editora local prohíbe ver; ya que “No te muevas” –el original Non ti muovere , de la novela de Margaret Mazzantini, esposa del director - no es una simple frase pronunciada dos veces por el protagonista para llenar un silencio; es símbolo de vida, de amor y de quedo. También resulta sorprendente que se deje la traducción en manos tan poco literarias; tanto que ni siquiera se ha podido traducir a la letra : no es lo mismo (justamente en esta historia) decir “ hay tantas cosas que no se hablan ” que traducir “ hablamos tan poco”.

Una obra con pocas palabras (las suficientes); mucha profundidad; algunas cotidianas contrariedades; un par de escenas bien fílmicas y un guión que aprovecha el recurso de la cinematografía que permite ilusionarnos y atemporizar la historia; y nada de glamour pretencioso que la hace, justamente, de una extraordinaria humildad poética.

Como toda obra artística que deja huella; da lugar a ciertos pensamientos deliberados y ciertamente injustos por lo acotado de su límite. Por ejemplo el hecho de plantearnos la pregunta por el sujeto de deseo; y –en sus márgenes- el compromiso de recibir un hijo en su mundo cuando dicho mundo está convulsionado por un estallido de emociones que incendian cualquier posible razonamiento adecuado. O, no en último término, la salvación –acaso fugaz- que todo amor produce contextualizado, en este caso, en dos seres sociales cuyo ámbito político-cultural son, en extremo, opuestos (historia tan vieja como Shakespeare mismo) pero con el mérito de dejarse atravesar por el llamado del corazón aún con la cobardía que muchas veces pone en juego este llamado. Aquí la sangre, ese órgano que circula con el color de la pasión, no puede ser un recurso aleatorio que el director nos presenta –epilogado en una escena por demás poética (se recomienda no cerrar los ojos) cuya ocurrencia merece destacarse- : sin sangre no hay nervio; sin nervio no hay pasión; es decir: vida posible. Excepto, claro, que podamos resignarnos a transitarla de modo triste y congelado. Italia no pudo. Ella está, literalmente, colmada de sangre: su vientre es pura pasión.

¿Por qué el personaje femenino que padece este lugar de dolor, y de pasión, tuvo que llamarse Italia ? Podemos aventurarnos en ciertas hipótesis: podría ser la metáfora de un pequeño pero poderoso país que –en pretérito- fue y ahora está rodeado de las ruinas de lo que era; de cimientos siempre “ por vender ” pero nunca “ vendidos ”; etc.; o simplemente pensar que el amor que el autor tiene por su Patria es inversamente proporcional al odio de un Padre que no da lugar a que su Nombre se metaforice en pro de una Ley ordenadora: tenemos más bien a un padre subvaluado por la perversión (padre-versión: pére-versión, como lo quiere Lacan) de su funcionamiento en el vínculo con su hija. O quizás Italia suene musical para su autor; mucho más pentagramático que el recorrido que debe hacer por sus montañas, ríos y árboles, elementos que morirían –en propias palabras del libro- sin la existencia de ella misma.

Lo cierto que entre Italia y Timoteo existe –tiempo verbal siempre presente o, a decir verdad, gerundio- algo que pre-existe de cronos y de conjugaciones verbales; que una silla vacía pueda anunciar por sí misma y que incluso puede epilogar. Aquí debió haber terminado el film: cinco minutos más de celuloide no sólo no pudieron borrar esa imagen de la silla sino que, incluso, molestan en una historia por demás redonda.

 

                                                                                   Marcelo Augusto Pérez