___________________________________________________________________ para Revista ARTE G IBEAR MADRID

La presente entrevista también se puede leer desde la Revista Virtual:

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Marcelo Augusto Pérez es psicoanalista y tiene su lugar de trabajo en Argentina. Con esto podríamos decir que ya lo presentamos puesto que es él mismo quien pide que se lo presente de esta forma. Nosotros vamos a jugarle una pequeña trampa y anunciar también que es  licenciado en psicologia, que tiene algún postgrado en filosofia (u.b.a.) y que es redactor de diversos artículos sobre psicoanálisis y su articulación con el arte, especialmente el cine.  Además - como profesor de grado y postgrado - es invitado por diversas instituciones privadas y hospitalarias a charlar (como a él le gusta decir) sobre esta praxis de la charlatanería (como Jacques Lacan definió alguna vez la causa freudiana). Hay que agregar que sus charlas tienen un estilo muy particular dentro de la transmisión del psicoanálisis, estilo que ha hecho que exista una comunicación fluida con aquellos que adhieren a Freud y a Lacan, y -según nos cuenta- ha permitido que mucha gente que consideraba al maestro francés absolutamente encriptado, hoy pueda acercarse de una manera un poco más cálida.  La primera pregunta sería -justamente y ya que creemos que nada es porque sí- por qué -Marcelo- acostumbrás a presentarte sólo con el significante de psicoanalista.

Hola y gracias por esta oportunidad de comunicación... Quería ante todo felicitarte por tu revista virtual, sabés que la sigo y hasta me había preguntado cuándo ibas a invitarme a participar en ella jeje... Sabés también que admiro mucho tu trabajo como artista plástico y que he posteado muchas veces en mi blog obras tuyas.  

Bueno, para ir a tu pregunta: si bien es cierto que la gente necesita saber, quiere saber, y que ese saber suele funcionar como garantía de algo; a veces pienso que si a un actor o una actriz se le pregunta de qué trabaja, esa persona no va a enumerarle todas las obras que hizo, todos los lugares donde estudió, etc, etc. le va a decir simplemente: soy actriz, soy actor. El oficio de psicoanalista tiene mucho que ver con el oficio del actor. No sólo porque semblanteamos personajes (a veces la madre que da teta, a veces el padre que pone ley, a veces el amigo que aconseja) sino porque en el vínculo entre analizante y analista se juega lo que conocemos como el motor de cura y que es la transferencia y que quiere decir que -más allá de los significantes que se le agregen al nombre (Doctor, Licenciado, etc.)- lo que va a garantizar el trabajo en el dispositivo es otra cosa: el deseo. Yo puedo ir a ver a un actor con mucha chapa, con mucha trayectoria, pero de repente me doy cuenta que no me emocionó nada, que no le creí nada, que me aburrió. La transferencia no funcionó. Un analizante puede hacer -de hecho pasa mucho entre estudiantes- transferencia con un analista por su curriculum pero no es por eso que va a engarzarse a la transferencia. Eso puede ser, en principio, un sólo aspecto imaginario de la cuestión.

Por otro lado, ¿por qué tendría que enumerar uno o dos eventos en mi formación; si yo he hecho muchisimos más y considero que cada uno me ha aportado algo? Cuando me presento como psicoanalista ( a secas , como diría Lacan) estoy apostando a la causa dando lugar a un espacio vacío que debe ser ocupado por la palabra del analizante. Que él continúe -en todo caso- de poblar el fantasma que se esconde. Hoy con internet eso se hace rápido. Pero no deja de ser puro imaginario porque es sólo el cuerpo a cuerpo entre analista y analizante, que hace que comience a funcionar el tratamiento.  Y esto depende del deseo del analista; no de su chapa. Yo no estoy de acuerdo con las Escuelas de psicoanálisis que agregan título al apellido (AME, AE). Si bien lo hacen porque siguen la enseñanza de Lacan, eso -a mi modo de ver- es seguir una cierta religiosidad con la cual Freud ya rompió cuando en vez de Sigismund decidió llamarse Sigmund.  Por eso se respeta siempre el nombre que el analizante elige para que se lo nombre: muchos no se nombran con el nombre de pila sino con el segundo. Ya sabemos que hoy hay Estados (en Argentina por suerte sucede) donde se ha puesto en concordancia el simbólico con el imaginario para que el real no golpee tan fuerte: un transexual -por ejemplo- tiene hoy derecho oficial de cambiar su nombre: es decir, no se soluciona sólo el tema con una operación en el real, con una vaginoplastía y un par de tetas nuevas: la operación tiene que girar en torno a lo simbólico para que la efectividad sea distinta. De nada servía que un hombre operado y transformado en mujer siga teniendo en su documento un nombre masculino y llamándose a escondidas por uno femenino. La legalidad aporta -justamente- la sutura del Nombre del Padre fallido. Cuando un Estado funciona escuchando la Demanda y actuando en consecuencia puede instituir Leyes que no sólo sirvan para proteger sino también para habilitar. 

Por otro lado, lo que nos diferencia a un analista de otro es la escucha. Y eso el analizante lo comprueba rápido, sobre todo cuando ha pasado por varios analistas. Y la escucha del analista es obvio que no depende de lo que aprendió en un libro sino de su propio análisis personal y de su control y yo diría también de su sensibilidad. Es ahi donde se transmite ese real, por eso muchas veces es más importante con quienes controló o se analizó el analista que en qué institución se formó.  No vamos a descubrir ahora que hay cientos de cientos egresados de instituciones con mucho prestigio y que son meros aparatos funcionales. Lo inconsciente tiene estatuto ético. Y la ética se ejerce en el acto, no con acumulación de saber o con diplomas de honores.

¿Qué diferencias existen entre psicología y psicoanálisis?

Es una pregunta habitual en el ámbito académico, no lo es tanto en otros contextos porque la gente, primero: piensa que el psicoanálisis es un modo de la psicología, una clase, una escuela psicológica; segundo: porque en última instancia las dos operan con el dolor del sujeto. Pero hay diferencias no sólo conceptuales, teóricas, sino también clínicas: por supuesto la última deriva de la primera porque en psicoanálisis teoría y praxis están engarzadas indisolublemente. Es muy dificil contestar en pocas palabras: he intentado hacerlo una vez en uno de los videos que estan subidos a la web y se ha utilizado ese video para hacer polémica. La blog de un diario argentino lo ha usado para que la gente comience, como es habitual, a opinar sobre tonos e ideas y a comenzar una polémica a ver quien la tiene más larga. 

Trataré de responder acotadamente. Voy a comenzar por Lacan. Él, en el Seminario Uno, enunció que en el psicoanalista que pretende saber algo (de psicología por ejemplo) comienza ya su perdición; y agregó que la psicología sólo es vehículo de ideales.  ¿Por qué Lacan dice todo eso? Primero porque la diferencia básica gravita en torno al Saber. La psicología, como toda ciencia, trabaja con un saber a priori, un saber de manual.  Viene el paciente, me dice que es asmático o bipolar o gay y el psicológo (al igual que el médico) ya sabe lo que le está diciendo.  Para el psicoanalista ese enunciado no significa nada. El psicoanalista sólo trabaja con el saber del paciente: aunque venga con una derivación de otro profesional diciendo que el susodicho es bipolar; el analista desetima de cuajo eso por razones no sólo éticas sino técnicas-clínicas. (La clínica psicoanalítica no puede desvincularse de la ética.) Entonces si el paciente dice « soy asmático », el analista va a preguntar qué quiere decir ser asmático. Es maravilloso encontrar -y esto sólo lo pueden comprobar quienes se analizaron- los significantes que se abren, que aparecen, a partir de estas preguntas.  Entonces, primer punto: el analista no da su saber, trabaja con el saber del analizante. O, mejor dicho, es el analizante quien trabaja y paga para eso. Por eso Lacan enunció que lo primero que tiene que saber un analista es olvidarse que sabe.  Si yo trabajo con mi saber no permito que nazca el saber que lo inconsciente aporta y eso dependerá de la significación que da el analizante. Hay personas que se dicen homosexuales -y se torturan por eso- porque una vez en la adolescencia tuvieron un juego sexual con otra persona de su mismo sexo, y hay personas que tienen relaciones sexuales con una persona de su mismo sexo y todos los dias con una diferente, y se dicen bisexuales. Cuestión de significación. 

Esta cuestión está relacionada con un elemento básico que manejamos desde Freud para acá: el fantasma. La realidad sólo puede aprehenderse a través del fantasma. No existe « lo natural » en lo cultural. Nada es natural, porque todo está mediatizado por el muro del lenguaje. Y para entrar al lenguaje es necesario primero el Otro. Estoy diciendo: « entrar al lenguaje »: es decir que el lenguaje espera al Sujeto. Primero está el lenguaje. Esto también nos diferencia, ya que la psicología cree que el sujeto habla para comunicarse. Incluso algunos consideran que el lenguaje es un órgano. El sujeto habla porque no le queda otra más que habitar el lenguaje. Está arrojado en él. Y no habla por necesidad (de comunicación o de nada): habla porque hablando, goza. Come, besa, coge, porque hay un goce en esos actos; nadie come por necesidad de nada: quien no goza comiendo, sólo se alimenta muchas veces a través de un suero.  Después, por supuesto, están los excesos de ese goce; y ahi aparece la bulimia o la anorexia.  Si el sujeto hablase por necesidad, es obvio que no se enfermaría. Porque la enfermedad -que es obviamente cultural- es producto del lenguaje. Por eso Lacan decía que pensar no es una enfermedad pero puede ocasionar enfermedades. Y pensamos con palabras. Nada más que con palabras. Soñamos con palabras. Si alguien respirase por necesidad no tendría « necesidad » de ahogarse en un ascensor o de brotarse en un lugar a tope de gente o de ver una araña y salir corriendo. La fobia -como digo siempre- es el gesto freudiano por excelencia donde nos enseña que la enfermedad es cultural, que el síntoma el sujeto lo construye y lo hace para un Otro.  El mendigo que hace años está sin bañarse en la esquina de la plaza, tiene tantas bacterias en su cuerpo como cualquiera; y está tan propenso a los virus de la gripe (que son los más comunes) como cualquiera: ¿sabés por qué no se enferma? Porque se podría decir que está por fuera del lenguaje,  lo que los sociólogos llaman « fuera del sistema ». No tienen un Otro a quien demandar con el síntoma. Por eso ni siquiera hablan; van a un tacho de basura, o levantan la mano cuando uno pasa. Pueden tener una gangrena en una pierna durante años, a pura putrefacción, y no pasa nada y un neurótico standard -digamos- puede morir por una neumonía, que es un virus común.  Para crear una enfermedad es necesario más que un virus o una bacteria. Les recomiendo escuchar a un ex-infectólogo, hoy antropólogo, ex-jefe de uno de los serivicos del hospital de infectocontagiosos Muñiz en Bs.As., que habla bien llanamente de esto sin recurrir al psicoanálisis: Francisco Paco Maglio, quien también está en el Comité de Ética Médica de Buenos Aires.

¿Sabés por qué Argentina es considerada la tierra de los psicoanalistas?

Seguramente debe ser entonces la tierra de los mayores retractores, ya que el prójimo nos devuelve la insoportable levedad del ser por eso no hay analizante que en algún momento de su tratamiento se oponga al mismo: es decir, no hay psicoanálisis sin resistencia, que es lo mismo que decir que no hay psicoanálisis sin inconsciente.  La verdad no tengo respuesta a tu pregunta. Puedo tener algunas hipótesis pero prefiero que el lector de tu revista recurra a fuentes más precisas. Se han editado algunos libros sobre la historia del psicoanálisis en Argentina (como el de Hugo Vezzetti, o el de Marcelo Izaguirre o algunos textos de Germán Garcia) que me parece dan un panorama de esto. 

¿Cuándo una persona sabe que tiene que buscar un profesional?

Yo dividiría esta pregunta en tres partes: hay personas que saben que necesitan cierta ayuda y no recurren, hay personas que saben y recurren y finalmente hay personas que recurren por otras cuestiones en donde no subyace una demanda de análisis (por ejemplo los estudiantes del area « psi » o los que llegan «  porque me mandó mi mujer ») y después con el tiempo (Lacan decía que de la oferta crea la demanda) advierten que hay ciertos motivos para sostener un análisis.  

Un sujeto sabe que necesita ayuda cuando no puede ya soportar el malestar que la cultura impone (es decir, lo que implica ser sujetos del lenguaje); pero el tema es que muchisimos sujetos no recurren a un analista sino a la farmacia o al curandero, o incluso a un amigo. Entonces, si me tengo que remitir especificamente a tu pregunta (para no expandirme) tengo que pensar que un sujeto cuya relación con el Saber implica ya un posicionamiento. Me explico: si a la tía Eulalia -es un personaje que a veces utilizo para ejemplificar- le va mal en el trabajo, en el amor, en el azar dificilmente recurra a un analista: lo más probable es que vaya a un brujo o pruebe con algunas yerbas. Quiero decir: el sujeto puede no saber con precisión lo que es el psicoanálisis, pero no desconoce de qué se trata la milonga. Puede no entender la diferencia entre un « psi » y otro « psi », pero no le es indiferente recurrir a un analista o hacer una caminata a Luján. (En Argentina se estila hacer un peregrinaje a Luján una vez al año para pedir y/o agradecer a Dios.  Luján es una localidad a 70kms de Bs. As. donde se halla edificada una iglesia cuya virgen María, cuenta la leyenda, venía en carreta y se detuvo en ese punto. Cuando sacaban la estatuilla de yeso de la carreta, la carreta avanzaba; si la volvian a poner, la carreta se detenia, no avanzaba. Por lo tanto se pensó que era una orden Divina, un mensaje de Dios, y la estatuilla de yeso quedó para siempre petrificada en ese sitio.)

Cuando digo « el malestar de la cultura », texto importantisimo freudiano; estoy diciendo que el malestar ES la cutlrua. Y ese malestar se le impone al sujeto por lo que ya contestamos en tu primera pregunta: el goce alcanza un nivel que comienza a mortificar al sujeto en sus tres modos básicos: lo angustia, lo inhibe o le genera un síntoma. (Otro de los textos princeps de Freud del año 1925). La cultura es el malestar porque las pulsiones -que vienen de lo real- no responden adecuadamente a los significantes, a los Ideales. Yo puedo querer tener una familia, un perro y un coche; pero resulta que -pulsión mediante- lo único que logro es tener una bicicleta y un hamster. Y con eso, quizás, tenga que ver cómo me ubico en mi sujetividad y en los lazos para con el otro. Por eso siempre digo que lo que Freud quiere investigar es qué es lo que lleva a un sujeto querer engarzarse con otro « hasta que la muerte nos separe » -como reza el Papa- cuando en realidad la exigencia pulsional es otra: el sujeto no está habilitado para amar, sino para gozar. 

El goce es lo más « natural » del sujeto, lo que hace sin dificultad, hasta que lo mortifica. El amor, en cambio, es lo más « antinatural »: es una pura ficción, es un engranaje complejo hasta tal punto que hace que muchos quienes amaron alguna vez (y sufrieron por ese amor) « decidan » no querer volver a amar ya nunca. El amor se toma como algo « a elección » cuando en realidad es puro inconsciente. El goce, en el nivel más básico, surje sólo: Freud decía que el niño es Ello (Eso) puro. Bien: el adulto no resigna de buena gana su goce, su ello-puro infantil. Y el amor implica Ley, castración: y eso va contra « la naturaleza » de la pulsión. Por eso digo que el genio freudiano fue preguntarse que es lo que lleva a la gente a juntarse, y no a divorciarse. Y lo responde rápido: lo que lleva la gente a juntarse, como lo que lleva a la gente a hacer todo lo que hace en su vida, es el narcisismo. Lo que pasa que recurrimos al otro para quel engaño pase con disimulo. Tenemos tanta sed narcisisitica que no nos alcanza con mirarnos a un espejo de vidrio, necesitamos un otro de carne y hueso que nos libere de la frialdad de un espejo mudo, necesitamos un otro que nos hable, que nos demande, que nos aporte una cuota de goce sexual. No existe -aún aunque cierta gente exprese lo contrario- nadie en el mundo que pueda prescindir del otro. Esa gente que dice "yo estoy bien sólo" se miente. No quiere dedir que no pueda estar bien sólo, de hecho estar en pareja no implica estar bien, pero es mentira que puede prescindir del amor del otro. Esto, como se ve, tiene la poesía de transformar esta vida en otros tonos, pero tiene la desventaja (para un neurótico que esquiva la castración y no entiende que siempre es positiva) de tener que castrarse en un goce que siempre empuja. Confucio decía: me preguntas porque llevó arroz y flores... arroz para poder vivir y flores para tener un motivo por el cual vivir... El sujeto no se resigna a una vida sin un ramo de flores, busca el objeto que ha perdido por estructura y que constituye la falta misma, objeto bautizado con la a minúscula por Lacan, y por eso Lacan decía que amar es dar lo que no se tiene, no lo que se tiene. Y lo que no se tiene es la falta. El otro nos da su falta. Eso es lo primero que hace una madre good enough -como decía Winnicott-, donar la falta para no tragarse al producto, y para eso hay que pasar del goce -vía la castración- al amor. Como ves me preguntás cuándo alguien consultaría a un analista y terminamos hablando de amor, por eso Lacan decía que de lo único que se habla en un análisis es de amor. En definitiva un sujeto con una demanda de análisis hace una demanda y toda demanda es de amor. Por eso digo que nadie va en principio a analizar nada, sino a hacer amado.

¿Cuándo el psicoanalista sabe, o percibe, que no se puede envolver en la historia del paciente, y si pasa, cómo salir?

El psicoanalista sabe que no puede hacer un montaje en la escena del analizante, desde que decide ser analista. Esto no significa que: primero, el analista no labure con su fantasma: sin el fantasma es imposible nada: es el diafragma que permite engarzar el real -vía símbólico- a lo imaginario. Por lo tanto esa frase que se escucha « el analista debe trabajar sin su fantasma » es cierta en determinado punto y una boludes en otro. Hay que diferenciar. Segundo, tampoco significa que el analista no tenga (de hecho el verbo que utilizo es abusivo, en realidad no le queda otra) que querer a sus analizantes. Si el analista no siente cierto afecto por el padecimiento y por el sujeto, no puede laburar. Ese afecto no tiene que transformarse en un amor devorador fálico porque sino también es imposible -como hablabamos la otra vez en un grupo- la ambivalencia afectiva: se pasa del amor al odio cruel, al odio total, con una facilidad asombrosa. Es decir: la neutralidad no implica pasividad y ni siquiera no-sentimientos.

Como decía Leo Maslíah, que el analista ponga cara de culo no significa que sea neutral. De hecho, muchas veces en forma estratégica, el analista incluso debe demostrar(le) sus sentimientos. Ahora: Lacan nunca dijo que el analista no deba, no pueda, sentir. Eso sería una pelotudes que un genio como Lacan nunca hubiera enunciado: laburar con un sujeto todas las semanas y no sentir nada sería una patología inclasificable. Justamente porque sentimos (y porque lo que Lacan dijo es que esos sentimientos no debe interferir con la escucha -en la media de lo posible- y no debe impedir que avancemos en el tratamiento) es que vamos y controlamos a cada analizante con otro Otro en transferencia. Con otro Otro: con otro analista.  Aqui respondo a la segunda parte de la cuestión: si sucede -y de alguna manera siempre sucede que el analizante nos hace síntoma- vamos y controlamos. Y digo que siempre sucede porque si no estaríamos haciendo una psicoterapia de yo a yo sin tocar ningún real. ¿Por qué? Porque cuando llevamos a un analizante a Control es porque nos hizo síntoma y si nos hizo síntoma es porque tocó nuestro real. ¿Y qué quiere decir esto? Que entonces nosotros -al fin- hemos tocado una buena porción de su real y por eso el analizante resiste.  Acá estamos otra vez en la primera pregunta. Tampoco es útopico que un analista no quiera seguir atendiendo a un paciente (tenemos, como ellos, derecho de eleguirlos: esto no es un oficio como el del médico quien no se cuestiona por el discurso del paciente sino que todos las vejigas son iguales; y no creo que ningún urológo rechace a un paciente porque sea un canalla) ni tampoco  es útopico pensar que un analista pueda enamorarse de un paciente. Obviamente esto, primero se controla y despuès se decidirá. A la pregunta « por el salir » entonces yo respondería: entrando. Es decir: con el control de los analizantes que es tan necesario como el análisis personal: que es -indefectiblemente- un análisis personal porque se analiza al analista, no al caso que el analista trae. Eso no sería psicoanálisis: el psicoanalista sólo analiza a quien tiene en presencia con su discurso. A nadie más.

¿Se puede conocer, o percibir, cuando un paciente juega con el psicoanalista?

¿Qué quiere decir jugar? Si jugar quiere decir « vino a perder tiempo », eso -al menos para mi- no es jugar; porque hay pacientes que incluso uno como analista al comienzo no apuesta un mango, y después resultan que laburan en pro de su dolor con mucho énfasis y responsabilidad sujetiva. Y otros que se dicen muy analizados y muy muy, y pasa el tiempo y no pasa nada por más que uno aplique bisturí tras bisturí.  Ahora, si jugar quiere decir « lo vengo a gozar » en el sentido como un niño puede psicopatear y gozar a su Otro, tomandole el pelo para lograr algún cometido, bueno eso es lo que nosotros llamamos el perverso: se percibe porque nos endosa inmediatamente su angustia de un modo muy particular. Es lo que Lacan llamó el canalla.  El perverso no es el que goza con un zapatito rojo o una cadena de cuero o un látigo o un cabello rubio o una panza. Esos son rasgos fetiches de cualquier sujeto puesto que la sexualidad humana es fetichista por definición: lo que nos causa del otro es un rasgo significante. El perverso, estrictamente hablando, es aquel que trata de angustiar al otro. Por eso no hay complementaridad entre masoquismo y sadismo. No la hay porque el lenguaje se interpone, y -como decia Lacan- si el masoquista dice « pegame » y el otro le pega, el otro no es perverso. Es un neurótico que juega, que arma una escena.  El verdadero sádico dirá: « no, no te pego ». Entonces: la percepción de que el otro nos está gozando, el analista la caza al vuelo: advierte si el otro está ahi porque realmente sufre y quiere modificarse (con todo lo que implica este esfuerzo) o está sólo para gozar al y del analista. Esto no quiere decir que al perverso no le vacile su fantasma: el perverso, al igual que el psicótico, también se angustia. Otra milonga es que nosotros optemos por poner nuestro deseo de analista ante un paciente perverso.  Y esto -acotemos- hay que diferenciarlo de los rasgos perversos de los neuróticos, sobre todo de las histéricas que suelen mostrar y montar escenar muy perversoides con el analista: psicopatéandolo, victimizandose, etc. Es una caracteristica típica de la histeria: ¿Y yo que hice? ¿Qué culpa tengo? Por eso lejos de pensar que un paciente es un angelito de Dios -un inocente-, hay que pensar que tiene toda la culpa y transformar esa culpa (infantil) en responsabilidad. Lacan decia que Real viene de Reus que quiere decir Culpa: ningún neurótico es ajeno a esto : somos culpable de lo Real. 

¿Qué opinas sobre que algunas corrientes anuncian que tienen soluciones fáciles, rápidas y que mantienen la independencia del paciente?

La independencia, que palabra. Como si el sujeto pudiera ser independiente o libre. Sarte decia que estamos arrojados a la libertad. Siempre doy el mismo ejemplo: en una época, en la escuela secundaria, cuando uno llegaba a 25 amonestaciones se lo castigaba. ¿Cómo? Dejándolo libre. Es decir: la libertad es un castigo para el sujeto. El sujeto se angustia sobremanera si está sin la Demanda del Otro. Se queja de ser demandado pero no puede vivir sin esa demanda. De alli que la vacilación fantasmástica Lacan la piensa como el « ¿Y ahora qué soy para ese Otro? »  El fantasma vacila cuando el sujeto no sabe que hacer con su libertad. Es más fácil encontrar a un sujeto que labure 16 horas por día que alguien que decida tener tres o cuatro dias francos por semana y se banque ese vacío.  Es obvio que el sujeto despuès se va a quejar de sus 16 horas diarias -y no es para menos- pero asi puede transcurrir veinte o treinta años. Nadie -como digo siempre- puede besar ocho horas diarias, ni coger ocho horas diarias, ni estudiar, ni mirar televisión ni leer ocho horas diarias ; pero se puede laburas más de diez horas por dia. 

Que el sujeto busque lo rápido, lo cómodo, lo fácil, no es un misterio. ¿Quién no compraría la pastilla de la felicidad si se vendiese? Es la pulsión que lo lleva a eso. Y el imaginario de la demanda « psi » juega con eso: compre ya y sea feliz. El problema es que el sujeto compra pero despuès tiene que volver a comprar porque se da cuenta que eso no lo hace feliz. Que hay cosas que no cubre con esa falta. Por eso siempre digo que el psicoanálisis es la única terapéutica donde el que trabaja es el analizante. Y es el único trabajo del mundo en donde paga el que trabaja. Por eso -entre otras cosas- hay resistencia. Cuando el analizante advierte que el consejo -o lo que viene a pedirle al Otro- no alcanza, se da cuenta también que tiene que hacer un trabajo extra para alcanzar su deseo. Que su deseo -que tantos años dependió del Otro- ahora depende de él. Y -por tanto- es él el responsable de su « destino ».

Las soluciones fáciles -que son las rápidas- son en general sugestionabilidad para hoy y hambre para mañana. Se apunta, como en farmacología, a tapar. No a la raíz. Nosotros no tapamos el síntoma, al contrario: laburamos con el síntoma y lo hacemos reventar: creamos un nuevo síntoma que Freud bautizó como neurosis de transferencia. La neurosis es la transferencia. Porque la transferencia es amor y la neurosis no es mas que demanda de un Otro que garantice que no hay necesidad de castrarse. Es la fantasía de un amor incondicional. Es la religión por excelencia. Por eso Lacan decia que de lo único que se habla en un análisis, siempre, es de amor.  El neurótico no sabe más que eso: demandar. Por eso el amor no es más que narcisistico: amor a ser amado. Amamos el amor de uno: de ahi que duelo y amor se ligan : lo que tenemos que duelar es una parte nuestra que se fue con el imaginario del otro.  Estas cuestiones las terapias no la tocan. Te dicen: « arreglate, peinate el jopito, decite frente al espejo que sos hermoso e inteligente, y salí sonriendo » Y del real: mutis por el foro.  Todo imaginario. Nos encontramos entonces con un sujeto intoxicado de imagen, es decir: de ego. Por eso Lacan decia que la única y verdadera enfermedad del sujeto se llama YO.  El YO no es más que un síntoma. Lo triste es ver cómo los sujetos se infatúan con su síntoma. Llegamos a la locura de creer que el otro nos ama porque somos lindos, inteligentes o buenos padres. El otro nos ama porque le completamos su ideal vía la falta. El otro nos ama porque busca tenerla más larga. Y encuentra esa dimensión en el síntoma del otro. El tema es que cuando encuentra a alguien que la tiene más larga (para satisfacer su narcisismo) despuès se queja justamente porque él la tiene más chica: he ahi la histeria princeps. Por eso nos enamoramos de los mismos síntomas de los cuales despuès nos queremos separar. Porque el neurótico es especialista en no poder sostener lo que desea. Lacan lo decía así: ¿Puedes amar lo que deseas? ¿Puedes sostener tu deseo?

¿Qué consideras de las soluciones como fármacos o las posibles operaciones a nivel cerebral para poder quitar un síntoma? ¿A eso también le llamarías cura?

Yo no llamaría cura a eso ni a nada. En todo caso hay sanación: para los griegos enfermarse era ya comenzar a sanar: la homeopatía hoy se ancla en este paradigma: por eso un homeópata tratará de no tapar el síntoma y por eso la medicación homeopática lo incrementa. El psicoanálisis tampoco cura. Para hablar de cura hay que hablar de enfermedad. Y para nosotros no hay enfermedad, aunque quizás -jugando un poco- podríamos decir que hay enfermos, por la misma razón que antes decíamos : un sujeto -vía su fantasma, su saber- puede considerarse enfermo sin tener nada clínicamente comprobable ; y puede considerarse sano aún con muelas cariadas o con un cáncer.  La enfermedad, como bien lo enunció George Cumghuilem, es un concepto vulgar, no científico; y depende del otro significante: salud.  Un significante por sí mismo no significa nada. Por eso no existe ni la noche ni el día, son sólo significantes. Un animal ¿qué sabe cuándo es de noche? El animal sabe que si hay oscuridad (y por el acontecer de ciertos paramétros de la naturaleza) tiene que hacer ciertas cosas: el ave duerme, el murciélago sale de caza. Al ser humano, en cambio, se lo engaña fácilmente: le digo a un tipo -encerrado sin ver la luz- que ahora es de noche, y el tipo me cree o no; pero depende de mi discurso y de su fantasma. Y si me cree, quizás se ponga a dormir (otros de noche leen o trabajan).  El significante engaña; por eso Roland Barthes decía que la semiología trata de todo aquello que puede engañar. Hoy digo « te amo ». El otro se lo cree. Mañana ya no lo digo: ¿era mentira? No. Era verdad. Pero era un engaño. Un engaño para tapar mi angustia y la del otro. Por eso ficción no es antónimo de mentira. Nosotros trabajamos con la ficción: la verdad tiene estructura de ficción, decía Lacan.  Y por eso lo que nunca engaña es la angustia. Es la brújula que nos permite trabajar en análisis. A esa angustia, los fármacos la tratan de eliminar. Por supuesto no lo logran totalmente y cada vez se necesita más dosis para tapar lo que sigue apareciendo.  Creo que nadie en su sano juicio puede pensar que una aspirina cura algo: a lo sumo baja el nivel de tensión de una migraña, o sirve para energizarte un poco; pero eso no es curar.  La estructura no tiene cura. Prevensión y psicoanálisis no van de la mano: la estructura no se previene; es inconsciente. Y por eso hablar de salud es un disparate por más que cientos de congresos psicoanalíticos se jacten con eso. La salud no existe, y menos la mental. A lo sumo, no existe más que para el ámbito socio-institucional, para comparar y saber de qué se está hablando. Pero es como decir que existe el Bien.  Ahi ya hacemos psicología. Si yo me otorgo la soberbia de saber cuál es el Bien del sujeto, entonces estamos perdidos: vehículo de ideales; del mío, en este caso. La falla epistemológica, Lacan la enuncia como epistemosomática: el cuerpo es un lugar de goce. La medicina y la psicología excluyen este concepto.  Si al psicoanálisis le sacamos este real, le sacamos todo. La prohibición del incesto no es natural; y no sólo es cultural sino que es el modo en que los sujetos se prohiben un goce al que aspiran permanentemente: un goce mítico, imposible; pero que sea imposible no quiere decir que la pulsión no lo busque. Por eso cuando uno sueña, sueña con aquello que le está prohibido en la vida: matar, escribir un libro, abrazar a un padre, lo que sea.  Porque el neurótico es especialista en prohibirse su deseo: ahi tenemos al obsesivo sacrificando su goce en pos de la bandera de los Ideales. Ahi tenemos la histérica, sacrificandóse todo el tiempo, vicitimizándose, para quedar insatisfecha.

¿Qué podrías decir con respecto a la cuestión del tiempo que se tarda en un psicoanálisis frente a otras terapias que parecen o dicen ser más cortas y económicas?

Bueno, esto es lo mismo que respondíamos en una de las preguntas anteriores. El tiempo del neurótico no es el tiempo de la publicidad, de la globalización, de internet, de los diarios o de papá y mamá. El tiempo del neurótico es un tiempo lógico, no cronológico; y depende de la lógica del fantasma. Los laboratorios o las terapias breves, intentarán suturar esta hiancia. Compre ya, sea feliz en diez días, etc etc. Ya sabemos que la felicidad -que es lo que en definitiva demanda un analizante a su analista- es una cuestión del caso por caso y, de algún modo, es un estado de ánimo. Es tan patológico ser siempre un infeliz como estar siempre en un estado de idiotez feliz. Ningún sujeto que soporte los avatares culturales, pulsionales, puede ser siempre feliz. Porque la Cultura implica cierto moldeamiento pulsional, implica adecuarse a la Ley simbólica; y eso es acotar ciertos goces que, como te decía anteriormente, están prohibidos por eso se sueñan.  El psicoanálisis es caro y largo. Yo pregunto: ¿y la vida?  El que apuesta al psicoanálisis apuesta a su deseo. Y el deseo no es un apetito fácil de bordear. Uno puede comer una manzana o tener un hijo; pero después hay que ver qué se hace con eso que se tuvo el coraje de apetecer. Muchos creen que tener hijos es como ir al súper a comprar manzanas y otros creerán que comprar manzanas es como parir un hijo pero eso es otro tema. Hacerse cargo del deseo lleva tiempo a invertir. La maniobra del analista -sin intentar dirigir al paciente pero sí dirigiendo la cura- es lidiar con el tiempo lógico y el cronológico porque también es cierto que -como decía Confucio- hay que vivir cada día como si fuese el último : algún día acertaremos. Pero para el neurótico eso es imposible. Sin proyectarse el sujeto no puede vivir el hoy. Por eso un hoy sin un mínimo de mañana, es un hoy  eclipsado, opaco, que lleva a la melancolía.  Cuando uno, por ejemplo con su pareja, no puede proyectar nada porque todo es caótico y no se sabe que puede pasar dentro de dos días; se vive el hoy, pero se llega a perder el proyecto. El psicoanálisis intenta modificar el pasado para proyectarse un futuro con un hoy menos mortífero. Porque es obvio que, de todos modos, el futuro no existe. Pero existe el deseo de que exista. Por eso las relaciones efímeras no satisfacen al neurótico. Uno puedo pagar a una puta, una y diez veces; pero aparte de sexo quiere otra cosa. Muchos pagan por amor con dinero. Otros -aceptando la castración- pagarán con su tope narcisístico. Pagar siempre se paga. Freud decía que el psicoanálisis es caro, pero más caro es la estupidez o la enfermedad.

FIN de la ENTREVISTA-