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La ventana de enfrente
por Marcelo Augusto Pérez


Ferzan Ozpetek ; Italia, Reino Unido, Portugal, 2003

Un significante: “Simone” . Único recuerdo que aparece en el pensamiento de un anciano que es encontrado por un matrimonio italiano en las afueras de Roma. Con este disparador, el director mueve los hilos de una historia donde ideología, política, genocidio, sexualidad y vínculo-amoroso aparecen superpuestos, connotando un pasado no del todo feliz y un presente sin olvido.

Dos historias – en principio dos - paralelas: la Mujer –esposa y madre- termina sus noches observando a un joven vecino a través del cristal de su ventana. El deseo comienza a invadir poco a poco su cotidianidad. Su personalidad sería lo que en su momento Freud ha calificado de “ psicosis del ama de casa ”: poco a poco el espectador entenderá de qué se trata la Cosa.

Ella y su Vecino se entrecruzan para seguir la pista del anciano y encontrarle paradero. Aquí las dos historias comienzan a mezclarse; poco a poco aparecerá una tercera: el marido; también enfrentado con su deseo, con la desesperación de que hay algo que se le está escapando y la angustia que presentifica esa otra Cosa.

Ferzan Ozpetek, el mismo director del Baño Turco –su primera obra- y El Hada Ignorante ; vuelve aquí con una historia simple, contada con palabras comunes, pero con vuelo poético y un giro discursivo que hace que la obra vaya más allá de las frases-hechas. Como si esta simplicidad ya no fuese mucho (resulta cada vez mas difícil encontrar directores que digan mucho con poco), la película tiene algunas lecturas de corte analítico bien interesantes.

Cuatro sujetos (la Mujer, el Vecino, el Marido, el Anciano) con diferentes modos de canalizar y vectorizar la dinámica deseante. Deseos que se conjugan con la angustia de distintos huecos: ella y su pasión amorosa junto al destino por su vocación; él y su dilema entre el amor y el ascenso laboral; un marido con un trabajo no querido y el sentimiento de vacío que le aparece cuando ella lo enfrenta con el destino de decisión: este encuentro tiene una sola cita: “ ayúdame ”; y –finalmente- el anciano con su deseo fallido en un encuentro que lo hace ir hacia los límites mismos de la muerte y con el anclaje histórico del genocidio: cabría preguntarse qué es lo que lo enloquece realmente; si la guerra de armas o la del amor.

La ventana, el otro significante de la historia, no puede ser menos connotativo. Cuando Lacan escribe el matema del fantasma lo hace entre paréntesis. Ese paréntesis es la ventana del fantasma. Esa ventana es por dónde el sujeto semblantea su objeto causa. El Cupido atraviesa el poincon hacia lo real de la pulsión, poniendo en juego desde el vamos el acontecimiento amoroso. El sujeto está preso de su deseo, capturado por su ventana: verdadero símbolo de lo inconsciente: donde no hay escapatoria. La ventana no es una puerta; no se puede saltar. Si se salta, se corre el riesgo de caer defenestrado: finestra , en el idioma del film, quiere decir ventana.

La Mujer no opta por el salto: elige no ceder ante su deseo (cuál Antígona y su Polinice) y eso la llevará a replantearse su futuro como Ser-en-el-Mundo , engendrando la simbolización de un real indestructible, en la travesía misma que acompaña esa fantasmagoría: vía sublimatoria (podríamos pensarla, junto a A.Juranville , como la Cuarta Estructura Existencial) la Mujer resignifica el curso laboral de su vida: no puede ser casual que el director –en una escena cuasi final- nos vuelva a mostrar ese deseo (que siempre retorna) pero ya encapsulado en el registro de la metonimia: la Mujer observa la escena con diferentes protagonistas; luego ella sigue su camino; el deseo se ha transformado en la cadena: se ha pasado desde el Instante de Ver al Tiempo de Comprender . La ventana, ese logos que comienza siendo simbólicamente real porque causa angustia, termina siendo realmente simbólico: acaso no más que una simple mentira para engañar al deseo; para sostenerlo. La película de F. Ozpetek es, parafraseando estos registros, imaginariamente simbólica: su toque de poesía nos llega desde la historia, desde los diálogos y desde las muy buenas actuaciones, incluso las secundarias (destaquemos al Anciano, interpretado por Massimo Girotti –el actor de Visconti, Bertolucci y De Sica- en su papel póstumo y con una sutileza impecable; la Mujer y el Marido.)

En síntesis: un director que apunta a más; que mezcla sentimientos y geografía; que -cómo él ha dicho-, la “primera película fue un intento de redescubrir mis raíces turcas a través de mi nueva perspectiva italiana. La segunda, El último harén , fue una investigación de por qué rompí con mis raíces y fui, casi como un exilio sentimental, en busca de otra cultura que encontré en Italia "; buenas actuaciones; buen clima musical, y una ventana donde otros ojos hallarán su Falta-en-Ser; y nosotros –en este fortuito caso- nos ubicaremos para sostener la escena, mirada mediante.

Texto publicado en www.elsigma.com y en Diario Página/12, fecha: 27-012-2005