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Disparos sobre Broadway
por Marcelo Augusto Pérez

Woody Allen, EE.UU., 1994.

¿Cómo no decir que siempre esperamos con impaciencia el estreno del próximo film de Woody Allen? ¿Cómo no recordar "Maridos y Esposas" (1992), "Misterioso Asesinato en Manhattan" (1993), "Poderosa Afrodita" (1995) y, no en último término, la serie anterior que incluye títulos como "Annie Hall", "Zelig", "La rosa púrpura del Cairo" , "Hannah y sus Hermanas", "Crímenes y Pecados" o "Días de Radio"?

Podríamos pensar que las películas de Allen tienen poco que ver con lo psicológico y mucho con lo romántico y con el jazz (música que nunca falta en sus escenas); sin embargo considero que este es un juicio algo descuidado. Los films de Woody Allen no solamente nos hablan de los conflictos y las ambigüedades humanas, sino que -ante todo- caracterizan profundamente las neurosis actuales que nos conciernen.

No es casualidad que el director se psicoanalice desde casi toda su vida; ni tampoco es casual que entonces sus guiones tengan la marca de las histerias, obsesiones y fobias que nos persiguen en la ruta de nuestra cotidianidad..

Neurosis, traumas, paranoias: todo se conjuga cuando observamos atentamente cada personaje incluso más allá de los diálogos. Quizás no siempre podemos hacerlo: las películas de este genio tienen demasiadas variables como para perdernos en las imágenes y -por ende- en las sensaciones: que el material produce.

El humor, la seducción, los miedos cotidianos, los reflejos de la infancia, la música, los parques, los shoppings; todo absolutamente de lo que representa incluso la vida posmoderna queda perfectamente abordado en sus escenas.

Ahora bien: ¿qué tiene que ver "Disparos sobre Broadway" con la psicología, con el psicoanálisis? Si no nos preguntamos por la personalidad de cada personaje; por el conflicto en cada vínculo; por el universo ético y moral de los protagonistas; "Disparos sobre Broadway" no nos va a significar más que un excelente producto cinematográfico con un fuerte perfil teatral que acaso ya se venía perfilando en realizaciones anteriores.

Hay aquí un personaje central (David Shayne) que seguramente asociaremos a la figura de Allen y que irá desdoblándose en otro personaje en una genial vuelta de tuerca que -sin duda- también habla de los aspectos del director. El actor que lo encarna es John Cusack. Habla rápido como Allen, usa la ropa que seguramente llevaría Allen en esa época y, oh! casualidad, es hipocondríaco. La novia de un gángster, Olive Neal, quiere convertirse en una actríz de teatro serio. Ella tiene un guardaspaldas: Cheech (interpretado genialmente por Chazz Palminteri). Este último personaje está también incluido en la vuelta de tuerca que propone Allen y en la moraleja final de la obra que, no sin la cuota de humor, cerrará un argumento que podríamos dividir en dos partes bien esquemáticas.

Pero este film no es solamente un tributo al teatro, un conjunto serial de conflictos entre actores (y entre personajes) o una simple historia de gángsters. Hay una creación artística que va más allá de la cámara y que podríamos calificar de "psico-lógica": hay, digo, una lógica de sentido que parte y concluye en lo psíquico.

Pero además hay un lineamiento argumental que tiene que ver con el Arte con mayúsculas; y acaso el metamensaje que se pretende dejar subliniado es justamente este: un artista tiene que estar dispuesto a matar por su creación, tiene que ser un gánsgter. No hay arte sin transgresión, sin cirujía, sin Nervio.

Remarquemos, finalmente, que cada actor escogido y motivado por su director, es una pieza única. Cada personaje tiene todos los miedos, todos los "tics", todos los movimientos propios de cada uno de nosotros en cada tiempo circunstancial de nuestra vida.Si, como pretende Heráclito, somos el incesante río que cambia cada vez; en "Disparos sobre Broadway" encontramos millones de ríos. Para decirlo con Olivero Girondo: un " cócktel de personalidades".